Parte Primera.
La noche se acercaba y el sol caía. El mar estaba tranquilo, y el cielo despejado. Pero en medio del mar un hombre navegaba hacia occidente. En un mar que no es cielo y un cielo que jamás nadie ha alcanzado. Una grieta en la balsa que no es barco y un hombre cansado que no es marinero. El hombre siguió remando y la bóveda celeste se siguió oscureciendo. Un último haz de luz que cruza el cielo. Un sol que muere y una estrella que nace, allá en el lejano occidente. Y un hombre que al volver su mirada al cielo la encuentra una vez más, pequeña y bella a la distancia, en un cielo que no es mar y un mar que jamás tocará el cielo.
Y el hombre habló a una estrella que reside en el cielo, por encima de los mortales.
¿Por qué jamás te vi antes, estrella de occidente, que apareciste en mi cielo cuando cayó sobre mi la noche por vez primera?
¿Por qué me llamas con tu brillo refulgente en medio de la bóveda oscura y no respondes a mis preguntas, estrella de la víspera de mis días?
¿Por qué me haces ir en tu búsqueda y dejar atrás cuanta cosa tenía en la vida, pequeña estrella de mis laudes?
¿Por qué cada que llega el sol por el lejano horizonte te vas de mí y me dejas solo mientras tu te ocultas de él?
¿Por qué tengo que estar en el medio de la contienda de los astros que residen en el cielo?
¿Por qué con tu brillo me embelezas y me atraes a ti, dejándome sin voluntad ni salida?
¿Por qué siempre que me acerco a ti te alejas más y escapas de mi al terminar tu jornada?
¿Por qué me ignoras, estrella de occidente, y después vuelves a aparecer ante mis ojos con belleza resplandeciente?
¿Por qué no me volteas a ver a mí, quien dejó todo lo que tenía y cruzó el mar en solitaria travesía?
¿Por qué no aprecias mis esfuerzos por alzarme del mar y llegar a tu cielo para posarme a tu lado?
¿Por qué me llamas y me ignoras, luz de estrella?
¿Por qué buscas el refugio entre otras estrellas, entre otros hombres que jamás se elevarán hacia el cielo?
¿Por qué tienes tanto miedo a estar sola iluminando en la oscura bóveda nocturna?
¿Por qué aún sigues a ese sol?
¿Es que acaso no te es suficiente tenerme a mi, hombre mortal, navegando hacia tu occidente sobre un mar sin fin?
¡¿Qué es lo que quieres de mí, estrella de occidente?! Dímelo, farol de luz, que yo con todo gusto te lo entrego, así como te entregué mi vida y mi libertad, confinado a esta barca que a penas se mantiene a flote en el mar de los tormentos de aquellos que buscamos tu luz.
Y así dijo el hombre a la estrella de occidente, inmortal entre las estrellas, brillante entre los cielos. Pero antes de que el silencio se volviera a interrumpir el sol naciente del oriente se alzó sobre la bóveda, y sus rayos de luz cruzaron el mar cual saetas, para cubrir en segundos lo que el mortal navegó en una noche. Y la estrella se escondió nuevamente en los cielos cuando las saetas del sol la intentaron tocar. Así quedó nuevamente un hombre que no es marinero bajo el yugo de un sol que quema con su presencia y oscurece con su luz, navegando en un mar que jamás será cielo y en un cielo que jamás nadie tocará. En una balsa que no es barco, hacia una estrella que no brilla de día.
Rafael Nieto Camacho, El Hombre y la Estrella. Parte Primera, "El Hombre y la Estrella", 2010